lunes, 18 de abril de 2011

convivencias:la prueba de fuego

Hace unos días estuve en una convivencia. Sinceramente creo que son lo mejor del colegio; compartes habitación con tus mejores amigas, te libras de las clases, respiras tranquila disfrutando de esos pocos días sin tu familia (a los que quieres, pero que en ocasiones pueden llegar a saturarte) y sobre todo vives experiencias que no podrían sucederte en ninguna otra parte.
Por ejemplo, mi colegio nos llevó a un pueblecito de Soria y nos metió en un hostal situado en medio del bosque. Una de las noches nos hicieron ponernos en grupos de 13 (el número de la mala suerte, debería haberme dado cuenta antes) y nos dieron un pequeño cofre a cada grupo donde dentro se supon´´ia que estaba nuestro tesoro. Después cogieron a tres personas de cada grupo. Cada una de esas personas llevaban un trozo de papel en el que estaba dibujado una parte del mapa que indicaba donde había escondido su tesoro cada uno, y las tres personas se tenían que esconder en el bosque e intentar que los demás no les pillásemos. El grupo que más cofres tuviera al finalizar el tiempo (era una hora y media, de 10 a 11.30) ganaba.
Cuando sonó el silbato, todos salimos corriendo con nuestras linternas para buscar a los portadores del mapa. En poco tiempo acorralamos a dos chicos, y cuando íbamos a coger al tercero, saltó una valla y se internó en la oscuridad. Nos dividimos en dos; unos le seguimos y los demás buscaron un  camino menos peligroso. Yo me quedé enganchada a la valla, así que como no tenía linterna se tuvo que quedar un amigo mío ayudándome. Cuando me conseguí desenganchar salimos corriendo. Habíamos escogido el camino difícil, así que todas las ramas y las plantas de nuestros alrededores nos pinchaban. A mí me rozó lo que debía ser una ortiga gigante o una planta venenosa por que en poco tiempo el brazo se me llenó de ronchas rojas. Aún así seguimos sin parar. Al poco tiempo llegamos a un riachuelo, que mi amigo (quiero recalcar que tenía una linterna) saltó sin problemas, pero yo no tuve tanta suerte y me metí de lleno en el fango, de modo que mis zapatillas quedaron literalmente inundadas. Y ahí estaba yo, con los pies empapados, el brazo hinchado, sola en el bosque y rodeada de hojas y ramas que crujían. Obviamente empecé a chillar pidiendo auxilio y aún pasaron cinco minutos aterradores hasta que vinieron a por mí.
Cuando mi amiga vio mi brazo, se separó del grupo (que n había conseguido capturar finalmente al culpable de todas mis penurias) y me llevó hasta los profesores. En el camino de ida, íbamos las dos caminando solas por un claro cuando se oyó un ruido a nuestras espaldas. Nos giramos y de pronto nos enfocaron diez linternas. Medio cegadas por la luz, pudimos oír con claridad la voz de un chico que gritaba "¡Tienen los mapas! ¡Cogedlas!" Por supuesto mi amiga y yo echamos a correr con todas nuestras fuerzas mientras agitábamos los brazos intentando explicar que no teníamos nada de nada. No nos atrevimos a parar por miedo a que nos hicieran un placaje antes de poder explicarles nada.
Cuando por fin les dimos esquinazo, nos paramos sudorosas y jadeantes cerca del hostal y caminamos muy despacio intentando recuperar el aliento.
Me dieron una crema antialérgica y después nos mandaron de vuelta a las habitaciones, sin dejarme siquiera explicar mi peculiar velada.
Por eso nada más volver decidí poner por escrito lo sucedido esa noche en este blog, para que si os ocurre algo similar, que estéis prevenidos ante lo que os pueda suceder.

Hasta la próxima entrada:
Sofía Berenguer

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