Cuando eres adulto, las enfermedades son una molestia más que rompe la triste rutina de la vida laboral. Cuando eres alumno, la cosa cambia. Una enfermedad (ojo, me refiero a algo leve tipo un resfriado o como mucho una gripe) supone unos días de descanso tras una agotadoras semana estudiando. Hay muchos amigos míos que se quedan días y días en sus casa convalecientes, pero no todos tenemos esa suerte. En mi familia la cosa funciona así: el primer día es fácil quedarse en casa. Te toman la temperatura, toses un poco, te desvelas por la noche y a la mañana siguiente puedes quedarte descansando. El segundo día tienes que ARAÑARLO (literalmente) y parecer realmente enfermo, casi agonizando, para poder seguie en casa. Encima, mis padres nos intentan motivar diciéndonos: -"Te veo con mejor cara" a lo que nosotros, viéndonos acorralados respondemos con un: -"bueno... si..." aunque sobra decir que no es así. El tercer día sin embargo, mi padre nos despierta puntualmente a las siete y media. Tú, que no has pegado ojo en toda la noche por el dolor de tripa/garganta/hueso/cabeza gimes por debajo de la almohada y dices: -"No me encuentro bien..." a lo que mi padre responde con una sonrisa y una frase filosófica del estilo de: -"Ya hija, ya lo sé"
Por eso a todos los que como mis hermanos y yo sufrimos este estrés cada vez que nos ponemos enfermos, sabed que no sois los únicos.
Hasta la próxima entrada:
Sofía Berenguer
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