martes, 26 de abril de 2011

Enfermedades

Cuando eres adulto, las enfermedades son una molestia más que rompe la triste rutina de la vida laboral. Cuando eres alumno, la cosa cambia. Una enfermedad (ojo, me refiero a algo leve tipo un resfriado o como mucho una gripe) supone unos días de descanso tras una agotadoras semana estudiando. Hay muchos amigos míos que se quedan días y días en sus casa convalecientes, pero no todos tenemos esa suerte. En mi familia la cosa funciona así: el primer día es fácil quedarse en casa. Te toman la temperatura, toses un poco, te desvelas por la noche y a la mañana siguiente puedes quedarte descansando. El segundo día tienes que ARAÑARLO (literalmente) y parecer realmente enfermo, casi agonizando, para poder seguie en casa. Encima, mis padres nos intentan motivar diciéndonos: -"Te veo con mejor cara" a lo que nosotros, viéndonos acorralados respondemos con un: -"bueno... si..." aunque sobra decir que no es así. El tercer día sin embargo, mi padre nos despierta puntualmente a las siete y media. Tú, que no has pegado ojo en toda la noche por el dolor de tripa/garganta/hueso/cabeza gimes por debajo de la almohada y dices: -"No me encuentro bien..." a lo que mi padre responde con una sonrisa y una frase filosófica del estilo de: -"Ya hija, ya lo sé"
Por eso a todos los que como mis hermanos y yo sufrimos este estrés cada vez que nos ponemos enfermos, sabed que no sois los únicos.

Hasta la próxima entrada:
Sofía Berenguer

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